GLAUBER ROCHA Y EL CINEMA NOVO: DEVELANDO EL LADO OSCURO DE LA REALIDAD SOCIAL
El cine brasilero hasta mediados de los cincuenta era una
mala copia del cine que rigió, prácticamente desde el principio de las imágenes
en movimiento, la mayoría de las estéticas fílmicas de los países
subdesarrollados que iban conociendo el quehacer cinematográfico tanto
industrial, gramatical como mediáticamente: las películas de Hollywood llegaban
a todos los rincones del mundo, y el deseo de imitar tales hazañas increíbles
llevaba a los nuevos cineastas a enceguecerse ante sus propias problemáticas
locales y a construir escenarios para entretener a las masas desentendidas de
su situación. Un grupo de jóvenes conscientes y revolucionarios, a partir de
determinados precedentes, deciden implementar un cambio radical de la forma de
ver y hacer cine en Brasil, luchando en pro de la cultura propia, los intereses
del pueblo y un avance intelectual que despertara del letargo mental a sus
conciudadanos, atrapados en las redes de la distracción generada por el cine
gringo y las chanchadas, siendo este
último el género cinematográfico que predominó hasta la llegada de la productora
Vera Cruz en 1949 y el posterior inicio del Cinema Novo.
Glauber
Glauber Rocha, es un cineasta
brasilero, nacido en un pequeño pueblo del estado de Bahía, Vitoria da Conquista,
el 14 de marzo de 1939, considerado líder y cabeza del movimiento
cinematográfico conocido como Cinema Novo,
gestado en Brasil durante el inicio de la década de 1960, que se preocupó,
inicialmente, por revelar en su obra la miseria que se sufría en determinados
sectores Brasil y por buscar la realización de un cine culturalmente arraigado,
un cine propio. Siendo un niño, al acompañar a su padre en viajes de trabajo,
recorre en varias ocasiones el sertão,
región famosa del nordeste del país, caracterizada por su aridez y particular
paisaje, futuro escenario de sus historias. La mayor parte del negocio
ferroviario en Brasil, en el que se desenvolvía su padre, estaba en manos de
los ingleses, factor que con seguridad influyó en la germinación de sus ideas
anticolonialistas. En 1948, su familia se muda a El Salvador y allí cursa sus
estudios de secundaria: Glauber Rocha se muestra como un joven rebelde y
analítico, lo que le causa problemas y termina siendo expulsado del colegio, siendo
luego matriculado en un colegio menos riguroso. Empieza a mostrar un gran
talento para el teatro y se empieza a interesar en el cine. En 1955, empieza su
sed inagotable de películas y textos sobre cine en los que estudia a
Eisenstein, Bazin, Kulechov, los filmes de vanguardia franceses, el cine
soviético, clásicos del cine americano, el neorrealismo italiano, entre otros.
Al mismo tiempo, comienza a construir su pensamiento político y se va
inmiscuyendo en movimientos anti-censura y protestas contra los ataques al
filme Río, 40 graus, de Nelson
Pereira dos Santos, que ya empezaba a reflejar la cruda realidad de las favelas
en Río de Janeiro, tema que indispuso a la policía y los militares. En 1957,
inicia la carrera de derecho en El salvador pero rápidamente deserta, y empieza
a ejercer como periodista escribiendo para distintos diarios y otro tipo de
publicaciones, centrado principalmente en el comentario cinematográfico y la
literatura. Viaja a Brasil constantemente y colabora con Nelson Pereira dos
Santos en el filme Río zona norte, al
tiempo que va conociendo a los amigos que pronto conformarían el movimiento del
Cinema Novo.
Primeros pasos del cine
brasilero
El invento de los hermanos Lumière es presentado en Río de
Janeiro en el año de 1898. A partir de entonces se documentan eventos locales y
se realizan películas de inversión extranjera. Luego, se rodarían los primeros
filmes de ficción que recreaban escenas del crimen extraídas de noticias
recientes del periódico. Más tarde, en 1935, inicia lo que se iría
transformando en un género que predominará hasta entrados los años cincuenta.
La película sonora más antigua de la que se tiene registro, Alô, Alô Brasil!, es un intento de
imitar los musicales Hollywoodenses que tenían tanta acogida, conformada en su
mayoría por presentaciones de cantantes populares brasileros reconocidos y que
narra una historia prácticamente nimia. En aquella época, las películas se
rodaban en planos estáticos para evitar el ruido, dejando atrás los movimientos
de cámara que se realizaron durante el período silente. Las letras de las
canciones tenían un contenido malicioso que chocaba con los estándares morales
de los años treinta. En 1941 se funda la compañía Atlântida para la realización de filmes de alta calidad con fines
comerciales y quienes elaborarían y perfeccionarían las convenciones de la
Chanchada. El filme Carnaval no fogo,
de 1949, establece el esquema principal de la Chanchada: una pareja amorosa, gangsters
urdiendo planes criminales, el dúo cómico y amigable y la promoción de la
música popular de carnaval. El término Chanchada, con el tiempo, cubriría toda
clase de comedia de contenido superficial, que gozaría de gran acogida entre el
público brasilero, hasta que entra en decadencia en los años cincuenta cuando
se aparecen filmes de contenido social y político y, con el advenimiento del
Cinema Novo, empieza a ser vista con malos ojos, perdiendo por completo, ya en
los sesentas, su popularidad.
Vera Cruz y el
surgimiento de otro cine
En 1949 nace la productora Vera Cruz, en la que verían la luz
nuevos filmes que representarían mejor al país. Estos nuevos filmes se expresan
con un lenguaje cinematográfico más pulido y tratan temas con más contenido
social. O cangaçeiro y Sinhá moça, de 1953, ganan varios
premios alrededor del mundo, incluyendo la palma de oro de Cannes; pero aún se
mantienen bajo gran influencia extranjera, tuvieron un altísimo costo y no
tienen ningún tipo de estética propia o novedosa. Estas producciones
conllevaron al lanzamiento cinematográfico brasilero a nivel internacional con
películas de cierta calidad y dieron pie al siguiente paso en el desarrollo de
una caracterización más arraigada del cine en Brasil. En 1954, Vera Cruz se
declara en bancarrota y queda en manos de compañías extranjeras que se quedarán
con todas las ganancias de las películas producidas en el país. Surge entonces
la necesidad de realizar filmes con mejor contenido temático, auténticas y de
bajo costo, que internen más en el tratamiento de la problemática social y que
no requiera de invertir cantidades abrumadoras de dinero como Vera Cruz lo hizo
en su momento. Aparece Río, 40 graus,
de Nelson Pereira dos Santos, en 1955, fuertemente influenciado por el Neorrealismo
Italiano, implicando un gran salto hacia adelante en la reestructuración del
nuevo cine brasilero, aquel que Glauber Rocha y el grupo del Cinema Novo
impulsarían durante la década de 1960. Este filme trata la vida en una favela y
se realiza con muy bajo presupuesto, haciendo uso de un lenguaje
cinematográfico sencillo de gran transparencia para el pueblo, demostrando a la
vez que la de Vera Cruz y sus exorbitantes cantidades de dinero no era la única
forma de hacer cine: equipo pequeño, escenarios naturales, carácter popular,
eran las nuevas características del cine incipiente que se contraponía al cine
de estudio, lujo, espectáculo, historias ajenas al pueblo y protagonistas de
impecable apariencia. Junto con otros filmes importantes del mismo corte como O grande momento (1958) y Río, zona norte (1957), Río, 40 graus sería una influencia para
el nacimiento del Cinema Novo.
Estética del hambre
Glauber Rocha, de personalidad inquieta e intelectual, se
erige como principal figura del movimiento del Cinema Novo. Sus filmes retratan
la miseria, la pobreza, la marginalidad y el abandono de los sectores desfavorecidos
del país. Su visión del cine es revolucionaria: critica duramente el
intervencionismo extranjero, el industrialismo, el colonialismo y la
enajenación del pueblo, que se encontraba en una posición de desventaja
económica y un estancamiento cultural-intelectual que lo amarraba a la
disposición de intereses imperialistas, explotado y oprimido por manos foráneas
en consentimiento del mismo gobierno nacional en una supuesta búsqueda de
progreso. Aunque no siempre exponía de la misma manera sus temáticas, siempre
procuró hallar la forma de mostrar aquel Brasil oculto bajo la sombra de la
ignominia que le imponían sus dirigentes, en ocasiones de manera directa y sin
tapujos, y otras veces, escondidas bajo el manto adornado de una retórica
audiovisual propia y muy acertada, que iba de la mano con su estética y su
ideología. Sus filmes son complejos política, simbólica y alegóricamente. Se
interesa por dejar al descubierto los graves problemas que aquejan al pueblo
brasilero de determinados sectores, como los del nordeste del país, que sufren
de un abandono económico y de la explotación que ejercen los ricos, ignorantes
de las duras condiciones de vida. La falta de oportunidades en aquellos parajes
lejanos convierte a sus habitantes en criaturas sometibles, a merced de los más
devastadores intereses de unos pocos con dinero. Esta situación es claramente visible
en Barravento (1962), cuyas imágenes
muestran la crudeza de la vida de los pescadores y cómo dependen de un
instrumento que por sí sólo representa la bota opresora del capitalismo sobre
el pueblo indefenso.
Su obra posee un alto contenido subtextual y expresa su
fuerte posición ideológica, provocando constante reflexión sobre los temas que
en ellos se exponen. El trabajo de guión y estructuración de la historia está
muy bien cuidado, ya que las narraciones tienen claro un principio, un
desarrollo y un final, usando en ocasiones alteraciones cronológicas como en Terra em transe (1967), donde se inicia
con una escena que ocurrirá posteriormente en el tiempo pero que no se vuelve a
presentar. Esta armadura narrativa es primordial para otorgar unidad a todo su
esquema estético e ideológico porque la exposición de sus temas de interés debe
ser sólida y convincente. Es necesario que sus historias sean concretas para
poder introducir el mensaje con la mayor efectividad posible, por lo que
articula las ideas junto con la narración en una urdimbre fuertemente tejida, produciendo
una imagen contundente en su conjunto completo; puede que en determinados
momentos se torne confuso el desarrollo de la historia, pero al final todos los
cabos sueltos quedan unidos, generando así la unidad que busca comunicar.
Glauber Rocha tiene una gran convicción de lo que pregona,
por lo menos en sus primeros filmes lo demuestra. Emplea una forma sencilla
pero bastante expresiva de registro con la cámara, con la que logra una belleza
muy profunda y a la vez sutil en sus composiciones y encuadres. Opta por el uso
frecuente de la cámara en mano, que rememora la aclamada caméra stylo de Alexandre Astruc, dotando sus imágenes de gran
dinamismo y movilidad, encanto primordial de sus películas, influenciado por el
Neorrealismo Italiano, al igual que el uso de exteriores para lograr mayor
naturalidad y menores costos de producción. Esto, acorde con la
desindustrialización de la cinematografía que defendía y pregonaba a toda
costa, como un objetivo primario para lograr la independencia y encontrar el
camino propio del cine nacional.
Como característica interesante, cabe resaltar el
narrador en off que canta los sucesos próximos en Deus e o diabo na terra do sol (1964), a modo de vaticinio,
acompañado de música autóctona y sacando a flote una tradición de versos
populares muy arraigada, heredada de los trovadores españoles y portugueses y
que se convirtió en especialidad de los ciegos en el nordeste de Brasil. Este
recurso funciona a la perfección como transición a un nuevo capítulo, que
recuerda en algún grado los intertítulos del filme de Godard, Vivre sa vie (1962), que inicia cada uno
de los doce apartados de la historia con una introducción que describe todo lo
que acontecerá a continuación, clara herencia literaria con un ejemplo en el
poema épico de John Milton, Paradise Lost,
compuesto por doce cantos también resumidos al principio de cada uno.
La utilización del zoom tiene una fuerte presencia en su
obra, que aprovecha para pasar de planos abiertos a planos cerrados y
viceversa, de manera que evita el corte con el fin de suavizar, quizá, el ritmo
de la narración y darle un espacio a la contemplación del cuadro, que
generalmente retrata a un personaje que se encuentra en un vasto escenario
natural o que está reflexionando sobre algo, lo que concede un aire poético a la
estética del autor junto con sus cuidados encuadres de paisajes nativos que
revelan la belleza de las tierras brasileras y las tomas aéreas que
generalmente abren y cierran sus películas.
En su escrito de 1965, Estética
del hambre, Glauber Rocha expone su punto de vista sobre el colonialismo y
la dependencia política y económica de potencias extranjeras, expresando que el
hambre que sufren los pueblos bajo el yugo de estas es una cuestión relegada a
último plano, como si hiciera parte de una realidad completamente ajena,
resultado de la arbitrariedad existencial y que ninguna de tales potencias pone
su atención sobre ello porque están demasiado ocupadas explotando pueblos
tercermundistas. Por lo tanto, existe una manifestación natural que surge a
partir de estas circunstancias, y es la violencia, que brota desde el fondo de
la oscuridad a la que están subyugadas las almas colonizadas y abusadas por los
malos gobiernos, siendo la única forma de expresión efectiva para que estos
tiranos se den cuenta de los horrores que causan. La violencia, por tanto, es
omnipresente en la obra del autor brasilero, la cual retrata de diferentes
formas a lo largo de su trabajo. En Deus
e o diabo na terra do sol, por ejemplo, mata a un sinnúmero de personas que
seguían al personaje de Diablo Negro, a un terrateniente explotador y a varias
familias inocentes, encarnando la dureza y la dificultad del Sertão en la figura de la muerte. En Barravento, hay una hostilidad constante
entre los pescadores y Firmino, quienes se confrontan por la falta de decisión
de aquellos para independizarse de los dueños de la red con la que capturaban
el pescado para el sustento. Firmino y Aruan se traban en combate un par de
veces en la película, perteneciendo ambos a la misma comunidad que debería
luchar unida contra el explotador, y cada lucha se interpreta de un modo muy
teatral, aunque va muy en serio, asemejando un fogueo de Capoeira sin
intenciones de lastimarse el uno al otro. Firmino hizo dinero en negocios
desconocidos y propugna la liberación, mientras que los pescadores lo ven como
un libertino sin horizonte que sólo volvió para causar malestar y desorden;
pero en realidad lo que promulga Firmino tiene algo de cierto, y es que “cuando
la herida de sus estómagos sea lo suficientemente grande es que se darán cuenta
de la gravedad de la situación”. La violencia surge de forma natural, pero con
ironía, ya que las peleas no son de ellos contra los ricos, sino de ellos
contra ellos. Glauber Rocha juega con el concepto y representa los encuentros
como un juego, como si no se lastimaran, pero sí se están haciendo daño porque
al final de la pelea Aruan queda fuera de combate. De forma similar, en Terra em transe, la violencia, en un
segmento en particular, se usa para reprender a un representante del pueblo que
dice tener que alimentar a siete hijos y no tener un techo dónde refugiarlos.
Con gran ironía, ya que promulga en su escrito que la violencia debe surgir del
oprimido para reprensión del opresor, aplaca duramente a este campesino
miserable que expresa su padecimiento con violencia física y verbal, tratándolo
de ignorante e imbécil.
La herencia de Glauber
Rocha
Los últimos años de Glauber Rocha fueron muy
difíciles. Prácticamente, la mayor parte de su vida la pasó vetado por la
censura y perseguido por la crítica corrosiva de sus detractores, cosa que al
parecer no le importaba. Para él, siempre fue más importante encontrar una
identidad cultural que pudiera transmitir a sus compatriotas y ayudar a enriquecer
el acervo artístico, enriquecer las concepciones políticas del pueblo sin
educación que trabaja sin cesar por miseria y hambre. A todo aquel pueblo que
se encontrara reprimido en condición de colonia y tercermundismo por las
pesadas cadenas de la esclavitud moderna y la alienación producida por el
espectáculo, Glauber Rocha mostraba un camino, el camino revolucionario que él
escogió para sí y para su gente. Al final de sus días, él mismo pudo parecer
enajenado, ya que se pronunciaba a favor de posturas que antes condenaba, pero
la verdad es que se vio encerrado entre dos paredes que lo estaban aplastando
lentamente: el dominio burgués y el gobierno militar que ejerció dictadura en
su país desde el golpe de 1964 hasta 1985. El colonialismo que Glauber Rocha
quiso erradicar está mucho más consolidado y solidificado en la actualidad, y
ha logrado avanzar un amplio terreno en todas las sociedades débiles cultural y
políticamente, se difunde activa y masivamente por los medios de comunicación, deja
una huella cada vez más profunda en la historia y es más difícil de eliminar
que en los días del Cinema Novo. La obra de Glauber Rocha nos invita a acabar
con esta invasión, ya ni forzosa, de toda la basura extranjera que nos llueve a
cántaros, y nos enseña uno de los innumerables caminos por los que se puede
optar, como el suyo, para combatir contra la reducción sistemática de nuestras
tradiciones, de nuestra identidad nacional y de la capacidad intelectual que
nos es arrebatada con tanto producto superfluo y vacío.
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